Se conmemra el 160º aniversario del fallecimiento del Generalísimo don José de San Martín, el soldado que consagró su vida a la realización de un ideal: la liberación de nuestra América y la constitución de estados libres.
Al llegar el 8 de setiembre de 1820 a tierra peruana, para ofrecerle al Perú su libertad, en lugar de la exaltación del odio hacia el enemigo, su proclama al Ejército Libertador trasunta una sentimiento profundamente humano: “Acordaos que nuestro gran deber es consolar a América, y que no venís a conquistar, sino a libertar pueblos”.
El 28 de julio de 1821 entró en Lima y proclamó la independencia del Perú. Al asumir el mando supremo con el Título de Protector del Perú manifiesta que usará el poder sólo para mantener y consolidar la libertad obtenida.
San Martín es grande por sus renunciamientos como por sus grandes batallas. Da el ejemplo de una verdadera nobleza de carácter que consiste en un desinterés generoso. No le atrajeron los honores ni procuró recompensas.
En el Gran Capitán tenemos que admirar sus dotes de militar, su espíritu organizador y dinámico, la austeridad de sus costumbres, su aversión a las pompas mundanas, su proverbial modestia.
En la historia de los libertadores abundan los ejemplos de hombres que aprovechan la liberación que realizan para mantenerse en el poder como gobernantes fuertes. San Martín, a cuyo valor tesón e inteligencia deben cinco pueblos americanos su constitución como naciones, supo mantenerse fiel a sus ideales y cumplir exactamente las promesas que había hecho.
En una carta dirigida al virrey Pezuela, puede leerse: El día que el Perú pronuncie libremente su voluntad sobre la forma de las instituciones que deben regirlo, cualesquiera que ellas sean, cesarán de hecho mis funciones".
Y terminada la campaña militar, en plena apoteosis, reclamado como jefe político por el pueblo para gobernarlo, San Martín se despide de los peruanos con estas históricas palabras: “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: Hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos”.
En efecto, cumplida su misión, el General San Martín se ausenta del teatro de sus triunfos. Su destierro voluntario es, sin duda, el rasgo que engrandece más la figura epónima del inmortal guerrero.
Durante su permanencia en el viejo mundo, San Martín recibió reiteradas muestras de gratitud del Perú. El mariscal Ramón Castilla, su gran amigo, se afanó en hacerle llegar las pensiones que le correspondían como Generalísimo de las Armas.
Afectado por un aneurisma, el 17 de agosto de 1850 cesó de latir el corazón del Gran Capitán de los Andes, en Boulogne Sur-Mer, en Francia. El historiador argentino Mitre dijo: “Murió en silencio después de treinta años de ingratitud y olvido, sin debilidad, sin amargura”.
En la mañana del 18 de agosto, refiere don Mariano Balcárcel, tuve la dolorosa experiencia de contemplar los restos inanimados de este hombre. Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho, otro en una mesa entre dos velas que ardían al lado del lecho de muerte. Dos hermanas de caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver.


